Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de septiembre de 2009

Mi hermana del alma


Ella se enfrentó al mar y ganó



la de azul es Mónica yo soy la endemoniada vestida de angel, estamos con nuestra mamá

Mónica nació casi cuatro años antes que yo, desde pequeña siempre sentí que eso era una injusticia tremenda. La versión que siempre contaba y que aun cuento, es que mientras yo estaba en el cielo, haciendo una fila y esperando pacientemente mi turno para nacer, justo cuando las luminosas puertas del cielo se abrieron para que mi viaje a la tierra pudiera comenzar, mi querida hermana me empujó y bruscamente tomó mi lugar. Obligándome a tener que esperar cuatro largos años para volver a estar al frente de la gran puerta que me dejaría entrar a la tierra.

A pesar de todo eso agradezco que haya nacido antes que yo, si no fuera por Mónica yo hubiese sido secuestrada por los duendes malvados que ella vio que volaban sobre mi cabeza mientras dormía plácidamente en mi cuna. Encontrándome en un gran peligro mortal mi querida hermana valientemente se escondió debajo de su sábana, dejándome a merced de los duendes, famosos por llevarse a los niños sin bautizar, y esperó hasta el día siguiente para dar la voz de alarma.

La única persona que le creyó fue mi abuela Juana, que en esos tiempos era hechicera, y le dijo a nuestra madre que pusiera un pan debajo de mi almohada, si al día siguiente el pan amanecía mordido, era prueba innegable de que el mal me rondaba.

El tiempo y el pan le dieron la razón a la pequeña Mónica. Nuestros padres hicieron los arreglos para el bautismo, lo más rápido que pudieron. Cuenta la historia que apenas el agua bendita tocó mi pequeña cabecita, comencé a gritar como loca, causando conmoción en todo el templo y el pánico de un joven cura, que hasta la fecha sigue contando la anécdota.

Uno de los momentos de gloria de mi hermana sucedió en un hermoso dia de playa, ella, de apenas cinco años se encontraba haciendo castillos de arena en la orilla del mar y cuidando de su pesada hermanita menor. Cuando de pronto sintió la necesidad de ir en busca de su pequeña palita azul, así que me dejó por unos segundos al cuidado de su obra de arte. Al volver no había castillo de arena y para su horror tampoco había hermanita menor, yo estaba siendo arrastrada por las olas del mar, mientras reía estúpidamente ajena al peligro, como siempre.

Valientemente cogió su palita azul y entabló una épica batalla contra el mar para salvarme, peleó aguerridamente, pero el mar también. En medio de la batalla cuando sus fuerzas flaqueaban, se lanzó encima mío para cubrirme con su pequeño cuerpo. Esa vez no ganó una medalla por su valentía, pero se la merecía sin lugar a dudas.

La pequeña Mónica, solía llevarme en su triciclo, lo cual era una tarea muy ardua. Según dice mis pañales pesaban una tonelada y en mas de una ocasión sintió el impulso se lanzarme fuera del triciclo. Las veces en que sintió que su pesada carga se aligeraba y que sonreía, pensado que se había hecho muy fuerte, volteaba para darse cuenta, que su única pasajera se había levantado de su asiento, empujando con una mano el triciclo y con otra cogiéndose el pañal.

Esas historias definen quienes somos, siempre ayudándonos y cuidándonos, enfrentando a todo tipo de adversidades, incluyendo a duendes malvados y fuerzas de la naturaleza.
Siempre nos picaba con su barba
(hasta que lo obligamos a que se rasure)

mi hermana Mónica (la de azul) yo y papá jorge

No es amor, sino olvido la palabra que hace que la respiración me falte y que la cabeza me duela. Es que cuando sabes que tienes en tus genes la enfermedad del olvido y que quizá en unos años no podrás recordar cual es tu nombre y tu familia será un grupo de extraños, esta palabra da miedo. Escribo para no olvidar, especialmente para no olvidarme de ti. No sé el día exacto en que nos conocimos, ni cual fue la primera palabra que me dijiste, supongo que no dijiste nada, solo sonreíste, cogiste mi mamo y no la soltaste jamás.

Me llevabas cargada en tu espalda, envuelta en una manta, mientras trabajabas en tu taller y cuidabas del gran parque a espaldas de nuestra casa, aquel que fue mi pequeño reino, lleno de flores y grandes árboles. Hogar de Juancho, mi iguana y de los duendes que quisieron secuestrarme.

Nunca te dije abuelo, te decía papá Jorge porque siempre fuiste muy joven para llamarte abuelo, al menos antes mis ojos. Fuiste el destino a los cuales mis primeros paso me llevaron, siempre corría hacía ti, gritando y riendo, tu me cargabas, nos abrazábamos, mientras ponías en mis mejillas tus besos que picaban, yo me quejaba entre risas y tu ibas rápidamente al baño a rasurarte la barba, cumpliendo con mis caprichos.

Tenía 10 años cuando te enfermaste, debió de ser difícil para alguien como tú, quedar recluido en una cama. Cada vez que mi hermana y yo íbamos a visitarte, tú sonreías y fingías estar bien. Mientras yo fingía que te creía y juntos disfrutábamos de esos momentos, tratando de robarle tiempo a la muerte.

No te gustaban los hospitales y a mi tampoco, porque no podía ir a verte, te sentías sólo y yo también. Cada noche te escribía una carta diciéndote lo mucho que te amaba, que ibas a estar bien y que te estaba esperando. La firmaba con mi nombre, el de mi hermana y el de Skippy, mi hámster al que siempre le caíste bien.
Amarraba la carta a mi Furby y la colocaba de contrabando en el bolso de mamá, quien sorprendida, te la entregaba siempre. No sé donde estén las cartas que te escribí, pero sé que las leíste y que por un momento no te sentiste tan solo, mientras estabas en el cuarto del hospital rodeado de desconocidos.

La única vez que fui a verte al Hospital Dos de Mayo, te vi echado en una cama, en un cuarto muy grande y frió, lleno de gente extraña. Te veías diferente y fue ahí cuando me di cuenta de que no eras inmortal.
Al salir de tu cuarto caminé con mamá por el bello, triste y viejo hospital, al que no he vuelto ni quiero volver, entramos juntas a la capilla y rezamos por ti. Al poco tiempo volviste a casa, con el único deseo de celebrar tu cumpleaños. Todos fuimos a celebrar contigo, sin importar que ese en realidad no fuera tu cumpleaños. Bailaste, reíste, recordaste buenos momentos junto a la familia a quien tanto amaste.
Justo cuando pensé que ya estabas bien y que todo sería como antes, te fuiste un martes 13 de marzo del 2001. Lo supe aun antes que me lo dijeran, estaba en la escuela cuando sentí que te ibas del mundo. Esa noche en tu casa, cuando estábamos esperando tu llegada para comenzar a decirte adiós, mi hermana y yo nos pusimos a bailar frente a tu retrato, a pesar de las lágrimas porque queríamos hacerte sonreír una última vez. Al día siguiente encabezamos la procesión, cargando flores y guiando a la familia y amigos, mientras te veíamos unirte con la tierra.